Pulso Ganadero: El vaquero, un sistema completo en dos piernas
Amanece antes que el sol y muchas veces se acuesta cuando ya no hay nada más que hacer, aunque siempre haya algo más que hacer
POR ANTONIO NEIRA: Productor de ganado Beefmaster y miembro del Comité Ciudadano de Fauna Silvestre, Región Centro.
Hay hombres que no aparecen en las fotos. No salen en la portada de las revistas ni en los discursos de los eventos ganaderos. No firman cheques, no inauguran instalaciones, no presumen genética. Pero si un día faltan... el rancho deja de latir. Ese hombre es el vaquero.
El vaquero no es un puesto. Es un sistema completo caminando en dos piernas. Es el primero en enterarse cuando algo no está bien, incluso antes de que exista un problema visible. Porque el vaquero no observa, interpreta.
Lee el campo como otros leen libros. Sabe cuándo una vaca está inquieta sin necesidad de acercarse, cuándo una cerca está por caerse sin haberla tocado, cuándo el agua dejó de correr como debe aunque el tanque aún tenga nivel.
El vaquero es toma de decisiones. Silenciosa, constante, crítica.
Durante años hemos cometido un error: pensar que el vaquero ejecuta. Que su función es obedecer. Que su valor está en la fuerza, en la resistencia, en la capacidad de aguantar sol, frío y jornadas interminables. Pero la realidad es otra.
El vaquero decide todos los días si un rancho gana o pierde.
Decide cuándo mover el ganado antes de que se acabe la pastura. Decide si un animal necesita atención antes de que la enfermedad se propague. Decide si una cerca se arregla hoy o se convierte en fuga mañana. Decide si ese detalle pequeño se atiende o se convierte en un problema que cuesta miles.
Y lo hace sin escritorio. Sin juntas. Sin reconocimiento.
Lo hace porque le importa. Porque el vaquero no trabaja por horario. Trabaja por sentido de responsabilidad. Amanece antes que el sol y muchas veces se acuesta cuando ya no hay nada más que hacer, aunque siempre haya algo más que hacer.
Revisa cercas como quien protege una frontera. Supervisa pastos como quien cuida su propia comida. Cuida aguajes como quien entiende que el agua no es recurso, es vida. Observa el hato como quien conoce a cada animal sin necesidad de nombrarlo.
Y en medio de todo eso es jinete, herrador, enfermero, técnico, mecánico, plomero, electricista, pastor.
Un oficio que no se aprende en un manual. Se aprende con tiempo. Con golpes. Con errores. Con pasión.
Y ahí es donde está el problema que nadie quiere ver: el vaquero se está acabando.
No porque el campo deje de existir sino porque dejamos de formar vaqueros. Porque las nuevas generaciones no encuentran atractivo un trabajo que exige todo y reconoce poco. Porque el conocimiento no se está transmitiendo. Porque muchos de los que saben están envejeciendo.
Y cuando un vaquero se va sin enseñar lo que sabe, el rancho pierde más que una persona. Pierde años de experiencia que no se pueden reemplazar.
Estamos en un punto crítico. Podemos seguir operando como siempre, esperando encontrar vaqueros que ya no existen o podemos tomar una decisión distinta. Formarlos. Crear escuela.
No una escuela de aula, sino una escuela de campo. De formación real. Donde el conocimiento se pase de mano en mano. Donde el oficio vuelva a tener dignidad, estructura y futuro.
Porque si no hay vaqueros no hay ganadería. Así de claro.
Podemos tener la mejor genética, la mejor infraestructura, la mejor planeación pero sin quien ejecute con criterio, con intuición y con compromiso, todo eso se vuelve frágil.
El vaquero no es un costo. Es el equilibrio entre el orden y el caos. Entre la utilidad y la pérdida. Entre un rancho que sobrevive y uno que prospera.
Hoy más que nunca, el llamado es claro: voltear a ver al vaquero, escucharlo, valorarlo y, sobre todo, multiplicarlo.
Porque el día que dejemos de tener vaqueros no solo perdemos un oficio, perdemos una forma de entender la tierra.