Pulso Ganadero: El ganadero que nunca duerme

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/ 5 octubre 2026

Entre sequías y pérdidas, la ganadería es un trabajo en el que se necesita fe para levantarse día a día

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Por Antonio Neira. Productor de ganado Beefmaster y miembro del Comité Ciudadano de Fauna Silvestre, Región Centro.

Hay días en el rancho en los que el silencio pesa más que cualquier trabajo. Días en los que el cielo parece inmenso, el viento sopla con fuerza y uno se pregunta si todo el esfuerzo realmente vale la pena.

Quien no ha vivido en el campo difícilmente entiende que la ganadería no es solamente una actividad económica. Es una forma de vida. Es una escuela permanente de paciencia, humildad y esperanza.

Aquí aprendemos que casi todo depende de factores que no controlamos. La lluvia llega cuando quiere. La sequía no pide permiso. Las enfermedades aparecen sin avisar. Los precios suben y bajan sin preguntarnos cuánto invertimos. Una helada, un incendio o una plaga pueden borrar en días el trabajo de muchos años.

Y, sin embargo, cada mañana volvemos a levantarnos.

Muchas veces me he preguntado de dónde sale esa fuerza. La respuesta nunca ha estado en mí. Con los años he comprendido que hay momentos en los que ya no alcanza la experiencia, ni la técnica, ni los números. Llega un punto en el que solamente quedan tres cosas sosteniendo el corazón de un ganadero: la fe, la esperanza y el amor.

La fe para creer que Dios sigue teniendo el control, aun cuando nosotros sentimos haber perdido el nuestro. La esperanza para sembrar hoy sin tener la certeza de cuándo llegará la lluvia. Y el amor para seguir cuidando la tierra, los animales y la familia, aunque nadie vea el sacrificio que eso representa.

El rancho tiene una manera muy especial de acercarnos a Dios. No existen paredes que separen al hombre del cielo. Las oraciones nacen caminando entre mezquites, revisando un bordo vacío o viendo un becerro ponerse de pie por primera vez.

En el campo aprendemos que Dios habla muchas veces en silencio. Habla cuando amanece. Habla cuando finalmente cae la primera lluvia después de años de sequía. Habla cuando encontramos fuerzas que jurábamos no tener. Habla cuando comprendemos que los tiempos de él rara vez coinciden con los nuestros.

Y quizá una de las enseñanzas más profundas que el rancho me ha regalado es el valor del agradecimiento.

Agradecer cuando todo marcha bien es sencillo.

Lo verdaderamente transformador es agradecer cuando todavía no entendemos por qué estamos viviendo una prueba.

Dar gracias por la lluvia, pero también por la sequía, porque nos enseñó a valorar cada gota. Dar gracias por las pérdidas, porque nos hicieron más prudentes. Dar gracias por los fracasos, porque nos obligaron a crecer. Dar gracias incluso por los caminos difíciles, porque muchas veces fueron ellos los que nos llevaron de regreso a Dios.

El agradecimiento cambia la manera de mirar la vida.

No elimina los problemas. Pero evita que los problemas eliminen nuestra paz.

He conocido ganaderos con pocos recursos que viven profundamente agradecidos, y otros con grandes ranchos que nunca encuentran tranquilidad.

Entonces comprendí que la verdadera riqueza no siempre está en las hectáreas, ni en el número de vacas, ni en los premios obtenidos. Está en poder terminar el día con el corazón en paz.

En saber que hicimos todo lo que estaba en nuestras manos y confiar el resto a Dios.

Quizá esa sea la resiliencia de la que tanto se habla.

No es no caerse. Es levantarse una vez más, sabiendo que no caminamos solos.

Porque detrás de cada cerca reparada, de cada parto difícil, de cada sequía superada y de cada amanecer en el campo, siempre hay una mano invisible sosteniendo nuestra vida.

Y cuando uno descubre esa verdad, entiende que el mayor patrimonio que puede heredar a sus hijos no es un rancho.

Es una fe capaz de mantenerse firme cuando todo alrededor parece derrumbarse. Porque los ranchos pueden perderse. El ganado puede acabarse. Las lluvias pueden faltar.

Pero quien aprende a caminar tomado de la mano de Dios nunca deja de tener un motivo para volver a empezar.

Y quizá ese sea el verdadero milagro de la vida ganadera: descubrir que, aun en los días más difíciles, siempre hay algo por lo cual dar gracias al ganadero que nunca duerme.

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