Pulso Ganadero: Ganadería en el desierto, cuando la tierra va primero
Antes que producción, aquí se aprende resistencia, equilibrio y respeto por una tierra que impone sus propias reglas
POR ANTONIO NEIRA Productor de ganado Beefmaster y miembro del Comite Ciudadano de Fauna Silvestre, Región Centro
No sé si sea orgullo o una necedad bien aprendida, pero hacer ganadería en el desierto no es un negocio. Al menos no como lo entienden los números fríos, ni como lo venden los manuales escritos desde la comodidad del agua abundante.
Hacer ganadería en la zona centro de Coahuila es, antes que nada, un acto de resistencia. Aquí no mandan las lluvias. Aquí no sobra el pasto. Aquí no hay indulgencia para el error.
El desierto no perdona la prisa ni la ambición mal entendida. Y aun así, seguimos.
Seguimos porque hubo alguien antes que nosotros que decidió quedarse, mirar esta tierra dura y decir: “sí se puede”, aunque nadie más lo creyera.
Durante años nos enseñaron que el centro de la ganadería era el ganado: más cabezas, más kilos, más genética, más producción. Pero el desierto enseña otra lección, una más incómoda y más verdadera: si no cuidas la tierra, no hay ganado que aguante.
Aquí aprendimos a veces a golpes que la prioridad no es la vaca, es el suelo que pisa. Porque cuando el suelo muere, no hay suplemento que lo resucite.
Hacer ganadería en esta región implica aceptar límites, respetar los ciclos, aprender a esperar, y muchas veces renunciar a producir hoy para poder existir mañana.
No es romanticismo. Es supervivencia.
La pasión nos ha sostenido cuando los números no cuadran, cuando la lluvia no llega, cuando el calor aprieta, cuando parece que todo está en contra.
Nos ha sostenido la convicción de que esto no es sólo un rancho, es un territorio vivo que nos fue prestado, no heredado para exprimirlo.
Ser ganadero en el desierto no es fácil, pero es profundamente formativo. Te obliga a escuchar la tierra, a observar más y hablar menos, a entender que el verdadero capital no está en el corral, sino bajo tus botas. Y sí, estamos orgullosos.
Orgullosos de seguir aquí, de no habernos ido por el camino fácil, de apostar por una ganadería que entiende que el futuro no se construye con exceso, sino con equilibrio.
Tal vez no sea el mejor negocio, pero es la única manera honesta de hacerlo aquí.
Porque en el desierto, primero vive la tierra. Después, si ella quiere, vive el ganado. Y sólo entonces, vivimos nosotros.