Nuestros expertos: Buenos y malos colores o buenos y malos caballos

Historias
/ 9 marzo 2026

La idea de que el color define las características de un caballo es una falsa observación heredada de creencias antiguas

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POR MVZ ALAIN LEWIS Investigador y escritor dedicado al estudio, la crianza y la preservación de caballos

A lo largo del mundo, donde quiera que existen caballos, también existen creencias que intentan explicar su naturaleza. Algunas son ciertas; otras, no. Entre ellas destaca la idea de que el color puede determinar si un caballo será bueno o malo. Esta noción proviene de épocas en que la superstición suplía a la ciencia.

En México, donde la cultura ecuestre árabe llegó con los españoles, tradicionalmente se consideró “malos” a los caballos grullos, moros y pintos -y antes también al bayo güero-. En otros lugares, incluso el prieto ha sido asociado con la mala suerte.

Estas creencias parten de la observación, pero cuando una observación es falsa resulta difícil reemplazarla por la verdad. En realidad no existen buenos y malos colores, sino buenos y malos caballos.

Una falsa observación es una afirmación que parece basada en la experiencia, pero que es errónea por mala interpretación, manipulación de datos o por no ser científica, es decir, no ser falsable. En ciencia, las teorías no son verdades absolutas, sino hipótesis que resisten intentos de refutación.

Un ejemplo claro es creer que jugar basquetbol provoca crecimiento. En realidad, son las personas naturalmente altas quienes practican ese deporte porque su estatura les favorece; ningún juego modifica genéticamente la altura.

En los hipódromos ocurre algo similar. Se dice que en el pura sangre inglés los tordillos no son ligeros y que rara vez ganan carreras. Si se revisaran estadísticas, la mayoría de las victorias serían de retintos o alazanes, lo que parecería confirmar la creencia. Sin embargo, la explicación es simple: la mayoría de los ejemplares son retintos o alazanes y hay muy pocos tordillos. Por pura proporción numérica, ganan más los colores más abundantes. No es el color, sino la composición de la raza.

En México, los colores históricamente considerados “buenos” o “malos” comparten una característica: son poco comunes. Si un grullo, moro o pinto resulta bravo, se atribuye a su color; si resulta bueno, pasa desapercibido. En cambio, si un alazán tostado -con fama de bueno- sale malo, nadie culpa al color. En colores frecuentes, tanto los buenos como los malos se asumen como algo normal.

En todas las razas existen individuos de buen y mal carácter. Ningún caballo se comporta igual que otro. Además, la mano de quien lo amansa es determinante: no es lo mismo un amansador profesional que un vaquero de rancho. El resultado depende tanto del caballo como de quien lo forma.

También influye la selección. En el cuarto de milla se han desarrollado líneas específicas para rienda, corte o lazo, no por color, sino por carácter y aptitudes dentro de la raza.

Un ejemplo contrario lo menciona don Carlos Rincón Gallardo en El Libro del Charro Mexicano, donde describe a las mulas mexicanas como bravas y buenas para reparar. Esto se debía a que se destinaban a la cría las yeguas que no se podían amansar. Hoy, al seleccionar yeguas de buen carácter, se crían mulas más manejables.

En conclusión, la raza, el individuo, la educación, la selección y el manejo determinan el resultado de un caballo. No su color.

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